Ezequiel Palma: La Patagonia hecha letra entre vino tinto
“Mí nombre es Ezequiel Palma, tengo 28 años y vivo a través de las letras”. En Mendoza, Ezequiel tuvo un punto de quiebre. Con algunos momentos de mal pasar, conoció las buenas cepas, dio un giro de timón y un lápiz y una servilleta se posaron frente a él. Hoy, entre atender mesas y estudios, se presenta en bares y restoranes, leyendo sus escritos con un excelente recibimiento, “escribo porque allí encuentro una manera de sobrevivir al mundo caótico en el que vivimos”, nos contó.

A través del éter, uniendo Caleta con Mendoza, pudimos hablar con Eze, escritor caletense radicado en la provincia del buen vino, sobre cómo encontró su pasión en la escritura, en medio de vaivenes que le trajo la vida. “Sé que parece rara la definición pero así lo siento”, nos dijo en el comienzo de charla, en referencia a su frase “vivo a través de las letras”. “Escribo porque allí encuentro una manera de sobrevivir al mundo caótico en el que vivimos y también me gusta hacer lo que hago porque nunca sé realmente a quién le puedo hacer un poco más amena la vida a través de la palabra, a través de una rima, a través de un poema”.
Como todos, Ezequiel tiene un sueño máximo, ser escritor de cuentos y novelas con mayor orientación hacia la narrativa. “En la actualidad ahondo en las profundidades de la poesía. Mi máxima influencia en ese sentido es Alejandra Pizarnik aunque también debo confesar que me considero un completo novato en lo que al género poético se refiere”. Igualmente, nos dijo que tiene grandes influencias en Cortázar y “algo maldito de Baudelaire asoma en mis entrañas. Pienso que me falta muchísimo para hacer que la voz poética llegue al siguiente nivel”.
Palma, aparte de escritor, es estudiante en la Universidad Nacional de Cuyo, allí donde se habla en los pasillos que supo dictar clases nada más y nada menos que Julio Cortázar. Estudia la Licenciatura y el Profesorado en letras. “Amo lo que hago. Amo darle conocimiento a mi cerebro. Bueno, en realidad amo mi cerebro”, dijo entre risas.
Revista Explorá (R.E.): ¿Cómo llegas a Mendoza?
Eze: Terminando la pandemia analicé mis opciones, me recibí de Técnico en Comunicación Social en mi tierra natal, Caleta Olivia, pero el techo era muy bajo. No podía seguir estudiando lo que realmente quería estudiar, la oferta laboral no abundaba, empecé a tener crisis existenciales y el viento no ayudó a la cuestión. Entonces decido sacar pasaje a la tierra del sol y del buen vino. Sabía que podía estudiar Comunicación Social en un nivel académico más elevado y la oferta laboral era increíblemente amplia. Un cambio de aires, difícil pero necesario. ¿Estás dispuesto a dejar tu historia de toda la vida, a tu familia, a tus amigos, a tu mascota, a tus profesores, estás dispuesto a dejar tu casa para buscar tus sueños que no sabes si realmente van a poder ser? Mí respuesta interna fue que sí, porque una profesora muy importante en mi vida, Carmen Vitta, una vez dijo que “de soñadores está construido nuestro mundo” y creo que eso fue suficiente para tomar las riendas de mi propio destino. 5 años más tarde, Mendoza es mí casa, cambié la Comunicación Social por las letras por cosas de la vida (más crisis existenciales), hice muchísimos amigos (los sigo haciendo), tomé mucho vino (lo sigo haciendo), encontré el amor, empecé a madurar en mi escritura puesto que pase de crear poemas de 5 o 6 renglones a estrofas enteras y desarrolladas y alcanzar incluso un nivel de abstracción que me resulta sumamente placentero. Mendoza hizo todo esto posible.
R.E.: ¿Cómo te encontrás con la poesía?
Eze: Supongo que el estar de lejos de casa a veces pega más, duele más. Por más de que me haya establecido como tal en una nueva provincia hay sentimientos que pesan cuando uno crece y no hay algo que se sienta igual. Cuando hay un logro personal pero no está mamá y papá para festejarlo, o cuando quiero comer algo dulce pero no está mi abuela Yaya para hacerme un arroz con leche espectacular o una deliciosa mermelada casera. En ese sentimiento de extrañeza, en ese dolor de estar lejos pero sabiendo que es lo mejor para mí (que no hace que duela menos, solo da consciencia) es donde aparece una idea: necesito sacarlo, necesito expresarlo, necesito escribirlo. Y la vida me cruzó con la obra de Pizarnik en un momento dado, su estilo de escritura, su melancolía, su tristeza, su dolor plasmado en la pluma, quería sentir eso y quería extrapolarlo con todo mi ser. Así empecé a escribir poesía, desde mi propio resquebrajamiento, desde mi angustia, desde mi dolor, desde la adaptación a una nueva tierra con miedo al fracaso. Y heme aquí, convertido en un poeta en formación. No me considero poeta como tal, por eso insisto en el agregado de “en formación”. Quizá me considere así toda mi vida si me pongo a pensar en voz alta.

R.E.: ¿Qué es lo que más te atrae o hacia dónde te lleva el escribir?
Eze: Tengo una idea muy clara en la cabeza: movilizar a quien me lee, mandar un mensaje claro que sea algo así como “no sos la única persona en el mundo que se siente así” y en esa afirmación hacer que quien me lea se sienta acompañado, es como el “eureka” del escritor: llegar a alguien a través de las letras, generar un momento de reflexión y de profunda introspección. Mí estilo de poesía actual apunta a eso, a generar un lugar o un hecho literario que haga sentir al otro que no está solo. Y aunque parece fácil describirlo la realidad es totalmente otra, es un trabajo arduo generar ese feedback entre autor y lector. Y a veces lo siento bien logrado y otras no tanto, como escritor en formación soy muy autocrítico conmigo mismo.
Por otro lado, si bien apunto con eso con mi poesía, cuando escribo microrrelatos de ficción busco otra cosa: incomodar, generar repulsión y asco a través de historias ficcionales que intento que tengan un clima trepidante relacionado al suspenso. Entiendo que a través de esa incomodidad puedo hacer pensar a mis lectores sobre la naturaleza compleja del ser humano: la pérdida, el dolor, los procesos, las motivaciones del bien y el mal, los sentimientos que a veces encuentran lugar para ser y también para que no lo sean, allí en esas historias ficticias llenas de asco y repulsión busco extrapolar al ser humano totalmente desnudo y frágil. Busco que sea un signo de alarma sobre quiénes somos y qué podemos hacer viviendo en sociedad.
R.E.: ¿Por qué generar esas cosas en quien te lee?
Eze: Mi respuesta sería con otra pregunta: ¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué escribir y no querer llegar a la fibra sensible del lector? ¿Acaso no podemos hacerle la vida un poco más amena a otro a través de las letras? ¿Acaso es posible parar dos segundos en un mundo que pide velocidad constante todo el tiempo? Creo que generar algo en quien me lee parte de esa premisa. Me considero un escritor en formación de corte existencialista, eso implica que todo el tiempo estoy replanteándome lo que hago y por qué lo hago. Siento que un día me voy a morir y eso será todo. No creo en el más allá, creo en el ahora que ni siquiera es ahora porque ahora se convierte en pasado. Creo que soy un mero pasajero de esto que llamamos vida y siento la necesidad de experimentar. Y eso para mí implica la escritura. Implica prueba y error y continuar escribiendo. Escribir me salvó la vida en muchos aspectos. Me gusta pensar que quizás puedo hacer algo por alguien a través de mis versos o a través de mis resquebrajados personajes.
R.E.: Qué cosas te inspiran a escribir los relatos de suspenso y/o las poesías?
Eze: Cuando escribo ficción me suelo inspirar en productos culturales que consumo, desde chico tengo una fascinación por el genero policial, lo detectivesco, lo siniestro, lo ignominioso, lo más abyecto del ser. Recuerdo cuando tenía 10 o 12 años y podía estar horas y horas viendo documentales sobre casos policiales y asesinos en serie, y había algo ahí que me tenía prendido frente a la pantalla. Quizá no lo sabía en ese momento pero ahora entiendo que estaba practicando una reflexión filosófica importante: ¿Hasta donde es capaz de llegar el ser humano? Quizá jugar con esa idea y querer narrar desde ese lado fue lo que despertó en mí una idea de crear personajes rotos, grotescos, oscuros, psíquicamente desequilibrados y faltos de empatía con nuestro mundo. Creo que es preciso mencionar que no me gusta escribir historias felices, siento con mucho orgullo que nací para escribir historias macabras.
Y con la poesía me pasa algo totalmente distinto: se trata de Ezequiel Palma al descubierto, en su máximo punto de fragilidad. Se trata del joven de 28 años que es atravesado por la vida y que necesita gritarle al mundo lo que se siente el agotamiento, la frustración, la angustia y muchas veces esa inspiración me surge de situaciones en mi trabajo, situaciones que veo cuando voy caminando por la calle, cuando voy en el colectivo camino a la facultad o cuando escucho música y una melodía o un estribillo me sacude. Y de ahí surge la inspiración.
R.E.: ¿A qué te dedicas además de estudiar?
Eze: Soy camarero. Desde que llegué a Mendoza la gastronomía tan linda y tan polémica a la vez me ha recibido con los brazos abiertos. Y hago mi trabajo con mucha pasión: sirvo platos de elevada elaboración y presento etiquetas de vinos acordes a las elecciones de almuerzo o cena que elijan los comensales. Me gusta pensar que hay un arte oculto allí, presentar un plato, explicar el proceso de elaboración, generar una experiencia de alta categoría, ser camarero para mí es como ser un actor de teatro: salgo al escenario y dejo todo para que el público se reviente las manos en ovación, una ovación que representa la calidad de experiencia que han vivido. Hago mi trabajo de camarero con tanta pasión que, incluso cuando veo mesas muy receptivas, los sorprendo con poemas de obsequio a modo de redondear el servicio. No va por parte del restaurante, nadie me obliga a hacerlo, solo lo hago porque mí sueño es ser escritor y creo firmemente que cuando uno sueña algo tan grande debe ser capaz de llevarlo a todas partes, en todos lados, con cada suspiro, con cada momento del día. Y yo lo hago, porque me rehuso a irme de este mundo sin que en la biblioteca de alguien en algún lado haya obra mía. No por mi nombre como tal, sino porque no creo que exista sensación más bonita en escapar del mundo real y refugiarse en las letras. ¿Me imagino ser el refugio de alguien? Sí, ojalá que sí.
R.E.: ¿Cómo te ves dentro de 20 años?
Eze: Me veo frente a un aula de día, compartiendo clases con adolescentes ansiosos por descubrir el mundo que nos rodea. Por inspirarlos, por sembrarles una semilla de curiosidad, tal como lo hicieron mis profes de lengua durante mí formación secundaria, una mención particular a Lidia Chacoma. Fue mi profe de secundaria y gracias a ella en buena parte hoy hago lo que hago. Yo me imagino ocupando ese lugar en 20 años, siendo el faro guía de chicos en esa etapa de la vida. ¿Y de tarde/noche? Me imagino escribiendo, sentado en mi escritorio junto con una taza de café, una copa de Cabernet Franc o un vaso de Whisky, particularmente Chivas Regal 12 que es mi favorito. Y creando historias, mundos y personajes. Tejiendo historias y componiendo melodías literarias. En 20 años me imagino viendo los frutos de lo que hago todos los días, y escribiendo. Siempre escribiendo. Porque este escritor en formación escribe con 28 años, lo hará con 35, aún con 50 y si la vida me lo permite con 80 y 90 años. Hasta que me deba ir, si es que me voy, porque creo firmemente que algo mío vive en mis poemas, en mis microrrelatos, en las historias que craneo para mis futuras novelas y cuentos. Y si alguien me encuentra en esos renglones entonces nunca moriré. ¿Y acaso eso se siente bien? Claro que sí. Este joven así lo cree.
